domingo, 26 de diciembre de 2010

Luz, oscuridad, luz

Luz

Una esquina. Una espera. La calle es un rio de personas, de sonidos que se alejan al pasar.

Una mirada distraída por un escaparate, una mujer que pide limosna con la cabeza agachada, un viejo que camina lentamente, risas, conversaciones cogidas al vuelo de desacuerdos “y le dije, y le contesté….”

La mirada busca a lo lejos una silueta conocida que destaque entre gente que va, y viene, y va. Mirada inquieta de espera, en una esquina de una ciudad cualquiera.

De pronto un garbo conocido, una especial forma de andar y casi al unísono las miradas cruzadas, una amplia sonrisa. La vida manifestada de personas, coches, niños, ruidos, conversaciones al aire, retazos de rencores contados a medias, escaparates que intentan atraer con colores y formas se diluye para dar cuerpo a dos miradas, dos sonrisas, dos corazones latiendo apresurados, contentos, con un ritmo no escogido ni diseñado.

Roces al azar, risas que se entrelazan, las palabras se agolpan queriendo decir, queriendo saber. ¿Qué pueden decir los sonidos que no digan las miradas?

Oscuridad

Abrazos que salen del corazón, besos entregados, urgentes, cálidos, sinceros, no hay pensamientos que limiten el fuego surgido de no se sabe que tiempos, que anhelos olvidados, quizá guardados como una semilla que ahora brota sin pedir permiso, en una estación del año que no es la suya, ni la tierra, ni el agua.

Las manos abrazan, se alzan para seguir la caricia y callan para no romper la magia. ¿Qué regalo es este recibido en la ausencia de la luz? Las paredes recogen el eco de los latidos, de los suspiros, de los susurros. La oscuridad arropa a dos seres que, en un preciso instante, se han encontrado desde ese lugar interior en el que no se miente.

Luz

Teléfonos que suenan una y otra vez. Atender al otro mundo que es real, existe, demanda. La luz domina la oscuridad, coches, niños, ruidos, conversaciones al aire. Dos corazones latiendo en calma, con ritmos parecidos, contentos, con un ritmo no escogido ni diseñado.

Y con una mirada cruzada las dos personas se separan, mejillas cálidas, sangre acelerada y viva. Pequeñas cosas, perfectos momentos en sí mismos, sin más. En una ciudad cualquiera.

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