viernes, 21 de enero de 2011

Que es el ego

¿Qué es el «Ego»? El «Ego», a diferencia del concepto freudiano, nos interesa comprenderlo como ese Yo que constantemente consideramos de forma subjetiva, la mayor parte de las veces alterado e inconsciente. Él, por tanto, sucede y se expresa como energía reactiva causante de la mayor parte de conflictos internos que experimentamos como seres humanos.

El «Ego» es la suma de nuestros defectos psicológicos los cuales habitan en nuestro mundo interior y fueron creados inconscientemente por nosotros mismos. El termino «defecto» viene de déficit, lo que nos permite comprender que el «Ego» surge desde nuestro fondo carencial, como compensación reactiva y dolorosa de aquellas cualidades que nos faltan y no hemos podido desarrollar aún anímicamente. Esos defectos se nutren de las energías de pensamientos desquiciados. No hay nada de divino o superior en el «Ego»; él es realmente la cusa de nuestros sufrimientos, inconsciencia, errores, vicios, temores, etc...

En el antiguo Egipto el «Ego» era conocido como los «demonios rojos de Seth». En el Bhagavad-Gita el «Ego» está simbolizado en los «parientes» con los cuales Arjuna debería trabar terribles batallas. En la mitología griega el «Ego» es representado por Medusa, causadora de todo tipo de sufrimientos al hombre. Su mirada hipnótica convierte en piedra a quien la mira, y que es degollada por la espada del héroe Perseo.


Desde el punto de vista cristiano, Miguel es el Arcángel guerrero, conquistador de Lucifer (viva representación del «Ego»). Él pone su pie sobre el animalesco adversario, amenazándolo con su lanza. Y de la misma manera lo contemplaremos en las tradiciones cartujas, que nos lo muestran como un aspecto diabólico que tortura al monje y le impide experimentar la paz interior que anhela.

Según la leyenda Maya los señores de Xibalba son los enemigos del hombre, los que producen las enfermedades y la muerte. Xibalbá se traduce como demonio, los señores y pobladores del inframundo son la viva representación de los «agregados psicológicos» que interiormente cargamos.

La tradición budista nos indica que el príncipe Sidharta Gautama abandonó su hogar y salió en búsqueda de la verdad, para encontrar el porqué del sufrimiento, la vejez y la muerte. Llegó a la conclusión de que las raíces del dolor humano se encuentran sometidas por la influencia de las hijas de Mara, viva representación de las distintas formas en cómo se expresa el «Ego» humano. Predicó la aniquilación del Yo (del egoísmo, la lujuria, los malos sentimientos, el miedo…) Mara, en consecuencia, es la muestra de ese Yo ilusorio que Gautama contempla como un espejo, como la sombra proyectada de su verdadera Esencia espiritual.

El «Ego» es la fábrica de pensamientos destructivos que hemos hecho realidad en nuestro inconsciente; es el miedo a dejarnos llevar por un halo de esperanza que nos conduzca al verdadero amor; es la culpa, es el odio a nosotros mismos y, por consiguiente, la posición egocéntrica que nos separa de los demás, (aunque no nos demos cuenta).

La naturaleza real del Ser Humano esta basada en infinita compasión y en sumo amor, ya que la realidad espiritual que nos habita es luminosa y espléndida. Así que al «Ego» le fue permitido coexistir con nosotros los humanos, y, gradualmente, como un parásito psicológico, alimentarse de su anfitrión, apropiándose de todos los centros de la máquina humana: intelectual, emocional, motor, instintivo y sexual.

Literalmente, ha tomado el control de todo lo que la mayoría de nosotros pensamos, sentimos y creemos. No hay nada que el «Ego» defienda con mayor pasión que su derecho a «tener la razón», aunque el precio por ese triunfo sea la pérdida de la paz, la compañía, la amistad e incluso el amor.

Su existencia depende de ti porque el «Ego» es una creencia tuya que continuamente alimentas. No es más que una confusión con respecto a tu identidad. Él depende de tu mente, y tal como lo inventaste identificándote con él, puedes asimismo desvanecerlo dejando de alimentarlo en tu comportamiento y actitud de vida.

El sentimiento de culpa refuerza al «Ego». La identificación con las distintas formas de pensamiento, también. El «Ego» es proyectivo y, asimismo, mantiene en su carácter energético la condición de imantarse con otros «Egos» que vibran en su misma frecuencia. «Dios los cría y ellos se juntan» dice el refrán, sucediendo esto tanto para lo positivo como para lo negativo.

El «Ego», como una energía agregada a nuestra psique, no quiere dejar de existir. Lleno de recursos puede manipular y adaptarse en la mente ante cualquier circunstancia para evitar su detección y expulsión.

Sentir culpa o culpar a otros por lo que se hace o se siente, es prolongar la permanencia del «Ego», fortaleciéndolo. Defender a ultranza nuestras convicciones, refuerza la energía egoica.

Vemos e interpretamos lo que queremos ver o lo que creemos que es la realidad, siempre desde visos aparentes. El «Ego» se nutre de apariencias y falsas consideraciones. No podemos cambiar el mundo, pero podemos cambiar la forma de mirar al mismo y la máscara que viste nuestra identidad.

El «Ego» es un falso Yo con el que usualmente el individuo se identifica y por el que se siente separado de su realidad esencial. Es por esto que el «Ego» y la conciencia son como el aceite y el agua: no se pueden mezclar. El «Ego» es sólo un rosario de creencias convertido en hábito mental. De ninguna manera es real. Es un falso sustituto de quien realmente eres. Al «Ego» lo conforma un sistema de pensamiento iluso y en ocasiones demente que hace que surjan en nuestro inconsciente la rabia, el odio, el miedo, el apego, el auto-engaño, la envidia, la soberbia, la vanidad, la culpa, la lujuria, la pereza, los celos… y tantos elementos indeseables que cargamos en nuestro interior.

El «Ego» es el que fabrica todos nuestros problemas y, asimismo, se convierte en causa de todas nuestras enfermedades. Todo aquello que nos causa sensaciones negativas en su manifestación: incomodidad, malestar, desazón, irritación, preocupación… mantiene su raíz en el «Ego».

· Todo aquello que hace daño, es «Ego».

· Toda visión que aprecia diferencias de cualquier tipo, es «Ego».

· La arrogancia y el orgullo, son «Ego».

· Aquello que juzga e interpreta según lo propio, es «Ego».

· Aquello que se ofende, es «Ego».

· Aquello que duda, es «Ego».

· Aquello que teme, es «Ego».

· Aquello que se ve y se siente especial, la auto-importancia y jactancia es «Ego».

El sólo sentimiento de sentirse en desacuerdo con los demás, la tensión interior que crea la divergencia, deviene del «Ego», porque en el fondo a través de esta energía estamos expresando animadversión o bien la necesidad de afirmar nuestro desvalido Yo.

Si logramos atendernos en verdad, orientar la mirada adentro de nosotros mismos encontraremos allí la autenticidad del alma: nuestro verdadero Ser, esa realidad amable, cálida, bondadosa, comprensiva, tolerante y buena que reside en cada uno de nosotros.

Lo único que puede impedirnos ver hacia dentro y descubrir al «Ego», es el propio «Ego», ya que con sólo verlo, éste revelaría lo ilusorio de su naturaleza, y, por lo tanto, quedaría expuesto como energía diabólica y malsana.

La Luz interior, la paz consciente y el Amor disuelven toda presencia del «Ego», ya que éstas son energías antagónicas que pueden sanar nuestra mente y nos permiten exteriorizar a nuestro verdadero Ser.

El «Ego», aunque nos sugiera con gran insistencia la búsqueda del amor, o bien expresar una buena voluntad hacia los demás, pone una condición: que no se extingan los soportes mentales que alientan al Yo. Sus dictados, por lo tanto, pueden resumirse simplemente de esta manera: Da, pero conserva. Busca pero no halles.

Esta es la única promesa que el «Ego» te hace y la única que cumplirá. Y como te enseña también que él es tu identidad, su consejo te embriagará, ya que siempre pretenderá que vivas en una nebulosa de ensueños, por muy espirituales que a simple vista nos parezcan.

Hay que intentar diferenciar la voz del «Ego» de la de tu verdadero Ser. ¿Cómo? Solamente, hay que detenerse y preguntarse:

¿Cómo me hace sentir este pensamiento?

¿Me siento tranquilo y en paz con esta decisión?

¿Qué mueve en realidad mi expresión?

¿Qué anhelo, qué ansío?

¿Qué energía me hace defenderme ante lo que dicen los demás?

¿Cómo justifico mis acciones?

· Escucha a los demás y no te centres en ti mismo.

· Durante las conversaciones, concéntrate en lo que la otra persona está diciendo y no en lo que tú estas sintiendo o pensando.

· Trata de borrar de tu mente la palabra «especial». Especial implica «mejor que», o «más importante que». En realidad, todos somos especiales; por lo tanto nadie necesita la etiqueta de «especial».

· No seas proselitista, esto es: no trates de convencer a los demás de lo tuyo en detrimento de lo suyo.

· Practica la meditación diaria o el acallar la mente para deshacer la ilusión de que estás separado del universo.

· Trata a los demás como te gustaría que los demás te trataran a ti.

· Poco a poco verás cómo te sentirás conectado con todo y con todos, y experimentarás un sentimiento de bienestar cada vez más profundo.

· Evita criticar, juzgar o evaluar a los demás.

· No impongas tus puntos de vista. Da oportunidad a los otros de expresar sus sentimientos, pensamientos o creencias, y escucha con respeto y atención, aunque no estés de acuerdo.

· Existen muchos «mundos» en este mundo, y no necesariamente el hecho de que sean diferentes quiere decir que estén mal.

· Aprecia cualquier tipo de separatividad y reacción tensa como desamor.

· Examina ¿en qué te beneficia sentirte ofendido? Lo que ofende es obra del «Ego»; está en tu mente. Tú decides si aceptas una ofensa o no. Recuerda: ¡Nadie te ofende! Todo depende de cómo recibas lo de afuera, en impacto o en dulzura.

· Definitivamente, es recomendable guardar silencio cuando es necesario y no dejar que el «Ego» se alimente de los halagos, o profiera ofensas a los demás.

· Da más de ti mismo a los demás y pide menos a cambio.

· Pon fin a la búsqueda externa de la libertad y conoce el sabor de la auténtica libertad, que es la comunión con tu verdadero Ser.

La auténtica libertad no necesita nada para demostrar su existencia. Sólo siendo auténticamente libre podrás amar, porque no existe Amor sin libertad. ¿Podrás apreciar la esclavitud en la que te somete eso que aquí llamamos «Ego»?

Practica: El perdón. La tolerancia. La compasión

Estas cualidades son la vibración previa que requiere el Amor en tu corazón. Aprecia a todas las personas con las que te relacionas como entrenadores reales del tu «Ego». Te sorprenderá descubrir que cada azucena de alegría, tolerancia y perdón que ofreces a tu hermano, regresa a ti como un regalo de paz y bienestar.

No se trata de dejar de ser tú mismo. Por el contrario, se trata de re- descubrirte, de ser libre y auténtico.

· Dejar de lado las máscaras y las poses.

· Dejar la falsa imagen que has creado y has creído que eres.

· Dejar de sufrir y ser feliz mediante una nueva percepción de la realidad.

De amar y aceptar sin miedo, de confiar otra vez, de estar abierto a recibir todas las bienaventuranzas que este mundo tiene para ti. De liberarte de las poses, los prejuicios y el sufrimiento. Abrir los brazos y recibir todo el Amor Universal que siempre ha estado disponible para ti. Las cualidades luminosas son los beneficios definitivos que queman al «Ego», un gimnasio que experimentamos día a día y del que merece la pena hacernos conscientes.

(Texto basado en un powert point que recibimos vía Internet, refundido por Maryta Plummer y que Antonio Carranza se ha permitido corregirlo y ampliarlo para favorecer una adecuada comprensión).

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