miércoles, 21 de septiembre de 2011

El respeto no se exige…. se obtiene

Joan López Casanoves es Profesor de Educación Secundaria y Bachillerato en proceso de reorientación profesional hacia el ámbito del coaching. Profesor de Educación Secundaria en Departamento de Educación de la Generalitad de Catalunya.

Enamorado de su profesión, es una persona comprometida con la educacion, teniendo como base los valores y el desarrollo del potencial de los niños y adolescentes. El ya sabe que la actual educación, centrada mas en la impartición de conocimientos y materias, queda insificiente, porque se ha de tener en cuenta la inteligencia emocional, las inteligencias múltiples, la creatividad, el desarrollo integral de la persona. Joan sabe de la importancia de las habilidades de un profesor-coach.


Este articulo que nos comparte pone el acento en que el respeto no se exige, se obtiene mediante proporcionar respeto y desde la coherencia personal.

"El recuerdo del día en el que entré por primera vez en una clase, allá por principios de siglo, restará siempre indeleble en mi memoria. A los lógicos nervios del primerizo se añadían los temores generados tanto por las numerosas advertencias recibidas de propios y extraños como por las irónicas pero inquietantes indirectas lanzadas el día en el que fui a conocer el centro por algunos de los que habían de ser mis compañeros. De hecho, a nadie se le escapaba, por la situación de la escuela en uno de los barrios periféricos de Barcelona más desamparados, que daría clase a un tipo de alumnado etiquetado tradicionalmente de conflictivo.

Mi primer contacto con éste había de producirse a segunda hora de la mañana en 3º de ESO. Ya cuando accedí al tramo de escalera que me había de conducir al primer piso, escuché las voces de un buen número de mis futuros alumnos, quienes, agolpados al hueco, delataban mi presencia. Todo yo me puse en alerta -más aún- ante la posibilidad de entrar con mal pie el primer día… sin experiencia ni recursos a los que encomendarme.

A medida que subía, el corazón latía más velozmente mientras iba pidiendo al alumnado que se dirigiera a las aulas intentando aparentar serenidad. Un grupo esperaba en la puerta del aula de 3º; algunos de los que lo formaban me saludaron con cierto sarcasmo mientras otros alertaban de mi presencia al interior sin escrúpulo alguno. Accedí al aula tras todos ellos, que entraron a regañadientes. Observé la estancia rápidamente y distinguí la mesa del profesor al fondo. Hubiese querido saludar oportunamente antes de comenzar a caminar, pero el griterío hubiera frustrado mis primeras palabras allí. Fue entonces, a medio camino de mi destino, cuando tres adolescentes que entonces me parecieron adultos -con el tiempo supe que eran repetidores reincidentes… de ahí su aspecto- surgieron de entre sus compañeros y me acorralaron hacia la pared empujando y arrastrando hacia mí un pupitre. Sin haberme repuesto del susto y procurando mostrar un rictus calmado, les miré a los ojos. Percibí en ellos una expresión desafiante y en sus labios una sonrisa burlona, cosa que endureció mi ánimo. Se había hecho un silencio absoluto en la clase y advertí que todas las miradas estaban fijas en mí: esperaban una respuesta rápida a la afrenta. Debo confesar que me comenzó a hervir la sangre y que la rabia que se iba apoderando de mí a punto estuvo de llevarme a enfrentarme sin más a los agresores… pero algo me frenó.

No sabía qué instinto me detenía, puesto que mi juicio me decía que aquella afrenta pasaba de mera broma y merecía una represalia, pero, sin dar más vueltas al incidente y recobrando una entereza fingida, deposité mis libros sobre un pupitre y recogí el que me había arrinconado para devolverlo, sin arrastrarlo, al hueco que intuí que le correspondía.

Volví a por mis cosas y me dirigí a la mesa del profesor mientras crecía un leve murmullo a mi espalda. Para mi sorpresa, cuando llegué al destino y me volví hacia la clase, casi todos los alumnos ocupaban sus sillas y sólo tuve que hacer un gesto con la mano para que los rezagados hicieran lo mismo. Sin salir de mi asombro, saludé a mi auditorio, me presenté debidamente y comencé una clase que no recuerdo, pero que, con toda probabilidad, afronté con calma tensa.

No me he dedicado a glosar esta anécdota aquí para que pueda servir de ejemplo a nadie; ni me considero tan presuntuoso ni tan siquiera estoy orgulloso de lo que hice, puesto que fue una reacción inconsciente y producto de un instinto de supervivencia… mezclado con algo de cobardía, quién sabe. En cualquier caso, dejó perplejos a aquellos chavales, quienes, sin lugar a dudas, esperaban una actitud más beligerante. En mi caso, y aquí es donde quería venir a parar realmente, aprendí una lección que nunca he olvidado y que, en adelante, he ido corroborando: el respeto no se exige… se obtiene.

Hemos sido herederos de unas inercias conductuales que basaban el respecto en el principio de autoridad, con lo que la segunda exigía el primero sin más, por defecto, por derechos adquiridos. Y, en muy pocos años, nuestra sociedad ha pasado de este extremo al completamente opuesto, a las exigencias muchas veces tiránicas de las generaciones más jóvenes. De poco vale preguntarse por qué esto ha sido así cuando se trata de una tendencia social de compleja reversión que demanda soluciones prácticas y la mayoría estamos de acuerdo con que la «vieja» pedagogía no va a facilitárnoslas, pues anula la voluntad del individuo y adoctrina más que educa.

Volviendo al aprendizaje que extraje de mi primer contacto con una clase, entiendo que respetar al educando pasa por conocerle, por descubrir sus inquietudes, sus temores, sus inclinaciones y, por encima de todo, sus aptitudes. De poco sirve formar una legión de clones intelectuales como pretende un sistema frustrado y desnortado que aún confía en un sistema pedagógico obsoleto.

El niño y el adolescente necesitan desarrollar una personalidad que el sistema tiende todavía a uniformizar; necesitan descubrir la creatividad individual, y más en un mundo en proceso de transformación económica y social en el que la revolución 2.0 se impone imprescindible y en el que se confía en el emprendedor y en las ideas innovadoras como recursos fundamentales; necesitan que alguien les guíe en la toma de conciencia de su talento y de sus habilidades, así como de sus debilidades, para que fijarse un objetivo concreto en el futuro no suponga dejarlo en manos de la casualidad; necesitan que se confíe en sus tomas de decisión sin intransigencia y en sus preferencias sin prejuicios ni imposiciones, puesto que el aprendizaje es verdaderamente efectivo cuando la experiencia lo afianza.

Desde mi modesto punto de vista, los agentes garantes de la educación -la familia, precursora y subsidiaria, y la escuela, especialista y copartícipe- deberían consolidar un frente común para fomentar el desarrollo individual en estos términos, para que niño y adolescente crezcan en autoconocimiento y autoconcepto y para que, en definitiva, aprendan valores como el respeto percibiéndolo en sí mismos. Sin embargo, para ello se antoja necesario algo más ambicioso: un contexto global resultado de un proceso de regeneración social que no sólo exige la participación de las dos instituciones directamente implicadas en la educación.

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