miércoles, 8 de mayo de 2013

El testigo: la contemplacion serena de la vida



Todos buscamos la paz y la armonía, un anhelo que guarda nuestro corazón y que difícilmente conseguimos plasmarlo en la vida cotidiana. Convendremos que la mayor parte de seres humanos estamos contaminados por la negatividad, reacciones de irritación, de respuestas compulsivas, una agitación mental que altera de continuo nuestros estados anímicos y nos crea sufrimiento. 
Muchos han sido los estudiosos del comportamiento que han buscado las causas del sufrimiento humano, llegando la mayor parte de ellos a la conclusión de que la falta de desarrollo personal, el dejarnos llevar por las vicisitudes de la vida, nos hace a la postre vulnerables. 
Esta vulnerabilidad reside en los hábitos condicionados en los que hemos sido educados, un estado en el que el sujeto se siente disminuido o bien agredido, y en la necesidad de contrarrestar, mediante una cierta tensión y una concreta carga emocional, el desamparo que envuelve a la personalidad. 
         El sufrimiento que padece el Yo ante las situaciones adversas que nos suministra la vida sucede sin duda por la falta de control y ecuanimidad. La aflicción, en la mayoría de ocasiones, aparece de forma compulsiva y mecánica, como un ajuste interior que fuerza nuestra naturaleza al no tener respuestas saludables ante el medio y frente a los demás. 
Elegir por el desarrollo de nuestras cualidades, activar el potencial que todos llevamos dentro, comporta sin duda un cambio de mentalidad que nos pueda llevar paulatinamente al «testigo», un observador capaz de contemplar las circunstancias de la vida como pruebas sucesivas destinadas a favorecer nuestro entrenamiento individual. En consecuencia, podemos en todo momento elegir quedarnos atrapados en la sensación de dolor, o bien advertir como sujeto la respuesta asertiva y estable que brindamos desde un centro consciente. 
El «testigo», por consiguiente, sería aquel sujeto que ya es capaz de atender lo que sucede desde un foco psíquico, para poder apreciar los fenómenos externos con una cierta ecuanimidad. Esta posibilidad mental no es necesariamente reflexiva, ya que no busca en el contraste de las ideas y los pensamientos el discurso envolvente con el que siempre hemos tratado de proteger al Yo. La actitud focal abre un punto de atención centrado en la frente, manteniendo una cierta distancia mental ante la circunstancia. De esta forma cesa el parloteo interior, las conjeturas con las que afanamos los hemisferios cerebrales; cesa, por consiguiente, la tensión que el intelecto opone habitualmente a lo que nos pasa. 
En atención a esta posibilidad de hacer efectivo en nuestra psique el «testigo consciente», vamos a tomar en consideración tres actitudes condicionadas que suelen surgir de forma automática, envolturas de la personalidad en las que está educada la especie humana:  
A)  El primer aspecto sería la tendencia a interpretar como oposición, con una carga emocional de enemistad y conflicto, aquello que en definitiva me está entrenando.
B)   El segundo guarda relación con la tendencia a reconocer los asuntos de la vida y a los demás de forma parcial, muy en relación a lo que espera el Yo de cada experiencia.  
C)   El tercer aspecto guardaría relación con la inclinación psíquica que atiende en exclusividad al «síntoma», un hábito que nos impide apreciar las causas y condiciones que previamente hemos establecido en la situación. 
A.- La condición dual de la mente establece una serie de códigos mediante los cuales, sin conciencia, buscamos una cierta afirmación personal en el medio que nos toca vivir. Cuanto más debilitada se encuentra nuestra asertividad, cuanto más baja autoestima padecemos, más necesitaremos apoyarnos en los estereotipos psicológicos que hemos creado, muletillas del Yo inconsciente con las que instintivamente el personaje se protege frente a aquello que interpreta como adverso. 
Por ejemplo: alguien nos critica abiertamente, poniendo en evidencia nuestra falta de recursos. «No vales; no lo has hecho bien». El cerebro está organizado para responder a la defensiva, bien sea de forma inhibida y callada, bien argumentando una concreta defensa, ya que esa agresión externa es considerada como una amenaza para el Yo.
La inhibición, la timidez, la falta de expresión defensiva generará de plano una sensación de angustia al sentirnos disminuidos y sin posibles recursos de afirmación personal. De esta forma fomentaremos la baja autoestima y una serie de mecanismos nocivos en la mente que niegan y culpabilizan al Yo. La tensión interior que sufre en este caso el sujeto creará múltiples patologías que podrán afectar de diferente manera a su campo vital. Por el contrario, el ataque y la reacción colérica sumirán nuestros estados anímicos en una sensación combativa, una energía violenta que nos envolverá, nublará nuestro entendimiento y generará asimismo enfermedad. 
Si partimos de la base de que aquél que nos agrede, la situación caótica y reactiva que se genera afuera, lejos de ser una provocación para nuestro Yo indefenso y molesto, se convierte en una experiencia útil que entrena la reacción, podremos activar la actitud focal capaz de integrar la situación. De esta manera ya no necesitaremos usar la serie de respuestas condicionadas con las que alimentar la sensación de conflicto, y podremos elegir una respuesta que no implique colisión. 
¿Por qué una circunstancia que mi Yo tiene la costumbre de interpretar como adversa y enemiga, puede ser una experiencia útil destinada a entrenarme? Responderemos a esta pregunta indicando que la madurez individual consiste en incorporar respuestas asertivas, templadas y conciliadoras al medio en donde vivimos. El medio pues se convierte en un gimnasio que entrena constantemente tu disposición, tanto mental como emocional. Esto es como decir que la madurez de un individuo guarda relación con las respuestas positivas que expresa al intentar resolver una situación. La reacción negativa es pues síntoma de inmadurez, creando de plano enfrentamiento y colisión. 
La capacidad focal que puede desarrollar un individuo en su medio lo exime del dolor que en ocasiones padece el Yo a causa de su nociva forma de interpretar la experiencia. Cuando partimos de la base de que la tosquedad, la insolencia u ofensa ajena es producto de la ignorancia, al comprender que cualquier tipo de agresión es manifestación de un padecimiento interno, cesa la oposición combativa. 
«Tu veneno no es mío», podríamos decirnos cada vez que alguien pretende provocar nuestra reacción negativa, un juicio que implicaría no sólo auto-respeto, sino también el respeto a aquél que sufre de forma inconsciente un oculto dolor. 
Asimismo, la atención focal que proponemos podría ser dirigida hacia un acontecimiento desagradable, en relación a una situación que la vida nos suministra con el firme propósito de templar nuestra reacción. Es verdaderamente significativo comprobar que cuando alimentamos sentimientos de enojo, desconsuelo o bien las múltiples formas con las que se viste la queja, estamos sin conciencia alentando la condición. Sin embargo, al decidir por la aceptación, que es capaz de integrar aquello que nos entrena, el conflicto pierde fuerza y nuestra capacidad para afrontarlo se hace más efectiva. 
Son ignorantes aquellos que al acudir a un gimnasio no dejan de protestar y maldecir a su entrenador, o bien al aparato que les está entrenando. Son inconscientes los que eligen indignarse y sublevarse de forma reactiva ante las condiciones que nos ofrece la vida, instructoras siempre de nuestras verdaderas capacidades. 
La compasión, como la capacidad emocional que nos permite instalar nuestra psique en una situación ajena, nos ayudaría a asumir tantas relaciones que, lejos de presentarse para el conflicto y la hostilidad, buscan entrenar al individuo en una saludable templanza. Este primer apartado nos sugiere pues no interpretar como adverso lo que es en definitiva útil; y, asimismo, entender que la reacción virulenta que un individuo experimenta siempre surge de un foco de dolor anímico que no ha sido sanado. 
B.- El segundo aspecto guarda relación con la forma parcial con la que solemos tratar a cualquier persona o situación, muy en relación a lo que esperamos de ella. Este talante humano considera y quiere, pretende y necesita, juzga desde lo propio sin poder abrir la psique a una percepción más global de aquello con lo que nos relacionamos. 
Por ejemplo: «Me gusta mi trabajo, mas detesto tener que levantarme todos los días a las 8,00 horas para ir a él. Me gusta mi pareja, pero detesto su forma lenta de hacer las cosas, un ritmo parsimonioso que es muy diferente al mío. Este defecto de ella, cada vez que se manifiesta, me hace sentir mal». 
Este tipo de criterios, muy frecuentes en las distintas realidades que vive el ser humano, lo separan incuestionablemente de la sensación integral del amor. Podríamos decir que si experimentamos a alguien o a algo de forma parcial lo vivimos con desamor. Y así el «Ego» fuerza en la psique una serie de «peros» u objeciones destinados a rechazar y cuestionar cualquier relación.  
Somos seres sociales que buscamos continuamente que lo de afuera nos dé, mitigue en cierta medida nuestra penuria. La sensación de escasez se ha instalado durante milenios en la psique humana, creando de continuo una angustia instintiva y forzando el criterio hacia lo que espero o deseo de una circunstancia o de los demás. Este hábito psicológico nos impide vivir en paz y armonía, ya que la «espera», el necesitar que lo de afuera se muestre de forma diferente a como es o bien nos compense aquello que supuestamente nos falta, nos lleva a la desesperanza. Diríamos por consiguiente que la «espera» es contraria a la «esperanza», en la medida en que una crea ansiedad y falta de aceptación y la otra abre la emoción a la vida, sin engañosas expectativas. 
Cuando la mirada focal aprecia desde un centro que no lo condiciona el criterio, podemos instalar el discernimiento en el fondo de la sensación, esto es: trascender las formas y caracteres de una situación o persona para sentirla y admitirla vivamente, en su totalidad. Pasamos de la apariencia en la que se enfrasca el Yo, a aquello que es esencial y puede advertir claramente la conciencia. 
Como decía el profesor Antonio Blay: «toda la fuerza del hábito reside en su carácter inconsciente». En la sociedad que nos toca vivir se valora más el modo de ser que el ser. El ser humano común se encuentra domesticado por las referencias externas que generan un clima falseado en el que de continuo se involucra su Yo. De esta forma estamos educados para estimar lo aparente, lo superfluo que envuelve a cualquier situación. Aparece en definitiva un conflicto entre lo que es postizo y artificial y lo que inconscientemente anhelamos como esencial, derivando sin conciencia nuestra emoción a la frustración, a la alineación y a la enajenación. 
La frustración es una sensación anímica que surge al no haber podido conseguir algo que estimamos como valioso. Si valoramos en demasía aquello que es superfluo y nos justificamos pensando que nos satisface o bien compensa nuestra desdichada vida, tarde o temprano empujará de un fondo interior aquello que en verdad es esencial e inconscientemente desestimamos. Aparece un sentimiento de pobreza que la mayor parte de las veces no llegamos a localizar la causa que lo ha producido. 
La alineación y la enajenación surgen al sentirnos apartados de lo que en verdad una zona oculta de nosotros mismos reconoce como valioso y verdadero. Procuraremos encontrar medios y quehaceres que compensen este sentimiento, buscaremos a veces de forma angustiada referencias que mitiguen el dolor, mas si no es el alma humana la que se siente nutrida aparecerá la sensación de no estar donde debemos. 
La observación serena, en la medida en que asume y trasciende lo superfluo, crea un vínculo emotivo con la realidad, sin que la «espera» nos convierta en personas díscolas que le reprochan a la vida aquello que les da. De esta manera el Yo deja de involucrarse con las formas, pudiendo instalar la conciencia en el fondo de la realidad. El amor integra; el desamor disgrega. Si amas tu trabajo, si verdaderamente amas a tu pareja, la tendrás que asumir en su totalidad, tal y como es, con todo lo que conlleva, te aporta y representa. Si amas entenderás que aquello que tu «Ego» tiende a rechazar, lo que impugnas y declinas de la realidad forma parte de tu cabal entrenamiento. 
Al considerar a cualquier persona según lo que esperamos o nos gusta de ella, sin darnos cuenta sumimos la mente en el desamor. Esta costumbre nos hace desviar la mirada hacia algo parcial y limitado de ella, no pudiendo estimarla en su totalidad. De la misma manera nos sucede con una circunstancia, cuando parcializamos la sensación según lo que esperábamos de ella; por ejemplo: «qué agradable ha estado la fiesta, pero…», y aquí aparece un criterio reflejo que mancha de plano la sensación previa de haber experimentado una fiesta agradable. 
A la psique siempre le falta algo, siempre nuestro «Ego» está dispuesto a oponer reparos a las personas o situaciones que vivimos, y esto sin duda limita la sensación que tenemos de una experiencia. Al desviar la atención hacia un aspecto limitado de la experiencia, alimentamos la sensación de frustración. Esta contaminación mental que se produce debido a insatisfacción que de continuo sentimos, nos hace padecer la vida en vez de gozarla. 
El ser humano común ha sido educado para experimentar gozos provisionales, la mayor de las ocasiones efímeros y transitorios. Así, tras el gozo nos queda un sabor amargo, la costumbre de carestía de la que se vale el «Ego» para forzar en la mente la posibilidad de que podía haber sido mejor. Esto no sólo nos sume en el inconformismo, sino que también crea en el alma una condición miserable e insensible que nos impedirá valorar oportunamente aquello que nos acerca la vida. 
Aparece una atadura negativa en la psique que marchita cualquier experiencia, y toma fuerza la idea que tengo de las cosas, lo que espero de ellas, sin poder, como lo haría un niño inocente, vivirlas con plenitud. Si el estímulo externo nos suscita una carga emocional negativa, comenzaremos a respirar con ansiedad, no nos sentiremos relajados ante la experiencia y la mente iniciará un principio de crítica y rechazo para que el «Ego» tome las riendas del fenómeno. 
De esta manera estamos programados para sufrir y ansiar momentos que nos proporcionen una dicha pasajera con la que mitigar nuestro oculto dolor. La psique la llenamos de impurezas, de prejuicios, de culpas y motivos inciertos que declaren que la experiencia no ha sido del todo satisfactoria, simplemente porque vivimos en un estado permanente de insatisfacción. Por supuesto el problema no reside en la persona o circunstancia con quien nos relacionamos, sino en nuestra forma de apreciar. 
El «testigo» que percibe desde una mirada focal cualquier acontecimiento parte de una sensación bienhechora que surge de él mismo. La auto-observación dirigida hacia nuestra realidad interior nos permite comprobar que allá adentro contenemos una posible plenitud que no tiene necesariamente que ser contaminada por cualquier experiencia externa. 
Si aprendemos a instalar nuestra psique en ese estado propio, ya no necesitaremos «esperar» que lo exterior compense nuestro descontento; y es más: comenzaremos a apreciar de forma global a cualquier persona o acontecimiento, valorando lo que nos aporta y no lo que parcialmente nuestro Yo detesta. Existen pues dos aspectos de la realidad con los que poder apreciar cualquier circunstancia, uno externo y otro interno. La apreciación externa nos sume en las formas, en el argumento de la vida, en aquello que es parcial y transitorio, en la dualidad que acepta y rechaza, por lo que inconscientemente lo sufrimos con una cierta carga de angustia emocional. Por el contrario, la contemplación serena que advierte el «testigo» nos permite experimentar la realidad desde lo interior, y de esta manera dejamos de reaccionar ciegamente hacia la vida. 
Lo agradable y desagradable, lo conveniente e inconveniente, se mantienen en un arco mental limitado y, por tanto, subjetivo. Una mente focal no interpreta tanto su entorno según la desdicha que sufre el Yo, sino que asume y valora en positivo, liberando las impurezas de la mente. Como todo es relativo, la contemplación serena integra la realidad y no toma como personal y excluyente aquello que el Yo se inclina a vivir con dosis de negatividad. 
El «Ego» siempre se inclina al dolor, a sufrir desde la impureza de la mente. La conciencia, por el contrario, nos permite vislumbrar lo que encubre la apariencia. De esta manera siempre encontramos motivos para asumir la realidad en paz, si logramos instalar en la psique un estado de dicha mantenida. La realidad interna de las cosas, de la naturaleza, es en sí misma gozosa, una dicha permanente que puede impregnar nuestra psique. La realidad externa que persigue el Yo nos suministra una satisfacción provisional que cría, sin darnos cuenta, desesperanza. 
C.- El tercer aspecto sobre el conocimiento de uno mismo que aquí abordamos guarda relación con la inclinación psíquica de apreciar en exclusividad el síntoma que sufrimos de la vida, y no las causas que lo sostienen. 
Esto, sin duda, deriva de la fase infantil, ya que la mente del niño pequeño aún no está preparada para establecer una correlación entre lo que padece y las causas que lo han propiciado. Podríamos decir que cuanto más primitivos somos, más nos quedamos atrapados en el síntoma, calificándolo según sea el malestar que nos ha producido, quejándonos y buscando inconscientemente aliados en los que volcar nuestra pobre condición. 
Penetrar en lo aparente y superficial de la vida requiere dosis de autenticidad. Una persona auténtica que busca el auto-conocimiento, aprende a preguntarse qué hay detrás de la experiencia simple, qué  trasunto personal o colectivo ha provocado la situación. Esta exploración de la verdad nos permite comprender que en la mayor parte de ocasiones somos nosotros los causantes del dolor, los provocadores de asuntos indeseables.  
Una psique salvaje sólo puede hacer categórico el síntoma que late con contundencia ante sus narices: «me pasa», «me duele», «necesito». Adiestrar una mente compulsiva que sólo aprecia la herida y la evoca mecánicamente, requiere del individuo una toma de conciencia de lo que subyace tras el dolor. Así se podrá cuestionar la experiencia como una derivada natural que se desprende de causas concretas: «¿Qué me indica esta situación? ¿Qué tengo que aprender de ella? ¿Qué actitud equívoca aliento para que esto se produzca en mi vida?»  
Desde una mirada desapasionada y sincera impediremos que la sensación negativa domine a la experiencia; y es de esta manera como la mente se abre a la comprensión profunda de la realidad. Partiendo de la manifestación externa y burda del síntoma, penetramos en la verdad última que lo sustenta, una realidad que siempre es causal.  
El «testigo» no se involucra de forma apremiante en el síntoma de dolor, pues comprende que tras él siempre hay una causa que atender. La observación cuando es sosegada, cuando se revela sin que el tránsito de la mente la empañe, nos permite comprender. Aparece un clima de aceptación desde el cual soltamos la carga negativa del dolor y, asimismo, se nos puede revelar la causa que lo ha provocado y lo sustenta. 
La mayor parte de acontecimientos están marcados por una energía impropia que favorece el pulso del dolor. El ser humano común no está educado para atender la acometida energética que envuelve toda secuencia vital, muchas veces impregnada por los trasuntos del «Ego». El «Ego» es eminentemente energético, y utiliza los fundamentos de imantación y bioelectricidad para manifestarse e influir en la psique humana. Así, por ejemplo, la rabia que el alma sufre en relación con la falta de cariño de una madre puede desembocar en una discordia con nuestra pareja. La tensión y el estrés que padecemos en el trabajo pueden afectar a una sexualidad insatisfecha. El gesto resentido que le tengo a un amigo puede influir notablemente en como vivo el almuerzo de ese día, o bien en la regañina que he volcado sobre uno de mis hijos…etc. 
De igual manera los padecimientos físicos, el carácter, las distintas formas de pensamiento y la expresión personal se verán influidos por causas concretas, derivadas todas ellas de nuestros estados anímicos. La contemplación serena ante el síntoma que padecemos nos puede revelar sin juicios previos las causas de cualquier padecimiento. 
Somos seres eminentemente sintomáticos, lo que hace que la queja y la desaprobación ante los asuntos de la vida se conviertan en una costumbre habitual en la expresión del Yo. Madurar significaría aprender a liberarnos de esa identidad falseada que reacciona sin conciencia ante el estímulo ordinario. Rasgar el velo de la ignorancia implica, por consiguiente, abrir los ojos a la reacción mecánica que exteriorizamos, una tónica de respuestas condicionadas y hábitos reactivos que hace nuestro destino errante.  
La conciencia es la capacidad de atender y apreciar el equívoco de lo aparente. Despertar al observador atento que contempla sin consentir que la mente fuerce las sensaciones condicionadas que alientan al «Ego», nos ayudaría a experimentar la vida de una forma gozosa y plena. El «testigo» consciente mira para comprender; el Yo inconsciente traduce la vida según el foco de dolor que padece. 

(Fragmento del libro «Resplandor y brisa» de Antonio Carranza)

Centro de Estudios de Psicología de Autorealizacion -C.E.P.A. es una ONG sin ánimo de  lucro, autorizada por el Ministerio del Interior. Su interés se basa en el desarrollo integral del ser humano, sin diferenciación de raza, nacionalidad, cultura o sexo. Respetamos el libre pensamiento, por lo que no nos adscribimos a ningún tipo de ideología sectaria o partidista. Asimismo, C.E.P.A. no pertenece a ningún grupo económico, político o religioso. web.- www.cepaluz.com

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